No seamos tan maricas

Hace poco lei un artículo en la web de la revista Shock, el título:

Fui el mariquita del salón.

sólo eso bastó para abrir ante mí una reflexión que no me había dado la oportunidad de hacer, yo también era el mariquita de mi salón, de mis muchos salones de hecho (Eso de pasar por ocho colegios no es gratis). Y es que es eso mismo, nadie entiende lo que es vivir en los zapatos de alguien más. No hacen falta estudios ni artículos que me digan algo que ya sé: que ser gay es natural, así se nace y así se muere, y no me importa si viene codificado en mi ADN, si es cosa de un cromosoma o por deficiencias hormonales, el hecho es que el sol no se puede tapar con un dedo y se debe entender que la homosexualidad es natural y punto, y no le crea a un científico o a un psicólogo, escuche a su gay más cercano, ese si que sabe qué es ser gay.

Ahora bien, no sé si la homofobia sea igual de natural, pues no he estado en los zapatos de un homofobo, y la verdad, no es que se me antoje de a mucho, porque eso de odiar porque si ha de arrugar mucho el corazón. Pero si sé que para ser un Grinch que en lugar de navidad odia a un homosexual, hay que vivir en la sociedad, porque es ahí mismo donde la homofobia como tal, nace. En la forma en como se nos educa y se nos inculcan sistemas de valores de manera sistemática y repetida, hasta que se nos queda tan grabadito que lo reproducimos sin parar, y no hace falta ser Judith Butler para darse cuenta de la performatividad a la que se nos condena. Sólo hace falta echar cabeza a frases como “no sea niña” que influyen fuértemente en nuestra forma de actuar y desarrollarnos, y va mucho más allá del hecho de suponer la idea de caer en la feminidad como algo negativo, pues nada nos puede joder más, nos limita completamente. La sociedad califica la homosexualidad como algo femenino y por eso miles de personas se ocultan día a día tras una máscara de mentiras que no solo le hacen creer al mundo, sino a ellos mismos que ser “discretos” esta bien, pero como Darwin diría, soo es una adaptación para sobrevivir al medio. En el colegio yo debía cumplir unas expectativas de lo que debía ser como hombre evitando caer en aquellas conductas que socialmente serían castigadas; debían gustarme las niñas, el fútbol, las peleas, cierta música, ciertos colores, cierto todo. Casi, casi, una guía que se aprendía viviendo una vida que no era mía; pero eso nunca va a ser correcto, la vida es para vivirla y no para sobrevivirla, y esconderse en la heteronormatividad más que una adaptación evolutiva, es un escape al miedo.

Me señalaron, se burlaron, me golpearon y reprimieron. Y lo que es peor: yo mismo me sentí un fenómeno. Nadie me explicó. Solo hubo represión y burlas. Nadie me habló de identidad de género, de orientación sexual, sólo de pecados y prohibiciones al punto de sentirme un fenómeno. De bajar la cabeza y permanecer en la sombra.” (Carlos García, 2016)

Germán Izquierdo

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